Aquella mañana el despertador sonó, mi mano lo paró, pero no fui capaz de mover ningún otro músculo. Menos mal que mi cuñada, también acostumbrada a madrugar, decidió despertarme aplicando su boca sobre mi músculo más sensible que, como todas las mañanas, amanecía también aquel día totalmente tieso y duro.
Yo me dejé hacer sin más, sabía que llegaría tarde a trabajar y aquella mañana tenia muchísimo que hacer. Cuando terminé, ella, con una sonrisa de oreja a oreja, tras tragarse toda mi corrida, relamiéndose, exclamó:
- ¡ Qué rica leche, nunca tuve mejor desayuno !
Cuando mi miembro recuperó su pequeñez habitual, las matinales ganas de orinar me obligaron a levantarme por fin de la cama, dirigiéndome al cuarto de baño, pero mi cuñada me adelantó corriendo, abrió la mampara de la ducha metiéndose dentro y cogiéndome la mano cuando me dirigía hacia la taza del inodoro, se puso de rodillas en la ducha y, dejándome atónito, con un tono de voz extremadamente sensual me dijo:
- No, allí no, ven aquí, méame a mi, es lo que me falta que me hagas, lo necesito, tengo sed de ti.
Yo no salía de mi asombro y no sabía qué hacer. Fue ella misma la que estirando de mi pene me metió en la ducha y abrió la boca delante de la punta de mi “grifo”. Yo, petrificado, noté que mi miembro, sujetado por la mano de mi cuñada, comenzaba de nuevo a crecer y endurecerse y no quise dejarle, así que hice un esfuerzo por relajarme y dejar salir los líquidos que presionaban mi vejiga. Mi cuñada no me soltó ni un momento, con la boca bien abierta tragaba como quien bebe agua de una manguera y, cuando terminé, se dedicó a pasar su lengua por mi glande apurando hasta la última gota.
Nos duchamos juntos rápidamente. Yo preparé el desayuno mientras ella hacía la cama, la dejé en su casa y me fui a trabajar.
A pesar de lo ajetreado de la mañana, yo no pude dejar de pensar en todo el tiempo en lo que había pasado. Hice la cotidiana llamada telefónica a mi mujer lo más escueta posible alegando el mucho trabajo. Pensaba que aquello había sido una aventura de una noche y me tranquilizaba creer que no habría más, esa noche mi cuñada había quedado en traerme ella a mi hijo de la parcela para que yo no tuviese que perder el tiempo en recogerlo, por lo que no habría ocasión de repetir lo sucedido y, al día siguiente, yo estaría de vacaciones con mi mujer… Pero me equivocaba … habría más, mucho más.
Para empezar, cuando aquella noche abrí la puerta de casa esperando ver aparecer a mi hijo para terminar de preparar con él su maleta (lo mío ya estaba todo preparado), quien entró en mi casa fue mi cuñada, sola.
- C. (mi hijo) se queda a dormir en la parcela, varios amigos vecinos de la urbanización van a hacer una marcha nocturna por el campo, con linternas y L. (otra vecina, mayor) les va a enseñar y explicar las estrellas. Me ha explicado a mí lo que quiere que le metas en la maleta y que lo demás le pongas tú lo que quieras. Que lo recojas mañana y os vais desde allí.
Otra vez no me lo podía creer. No me cabía la menor duda de que había sido mi cuñada la que había organizado esa excursión nocturna para volver a estar sola conmigo … y yo no quería ni me gustaba el cariz que estaba tomando el asunto.
- Sabes que mañana como con tu hermana …
- Por eso estoy aquí. Mañana será otro día … pero esta noche eres mío.
Ambos iniciamos a besarnos con toda pasión, con aun más pasión que la primera vez, mientras nos besamos Armando comenzó a tocarme mi zona intima debajo la falda de mi vestido y como consecuencia a esto de inmediato me moje toda, ¡Quiero hacerte el amor! Me dijo suavemente al oído, -Lo sé y también quiero- le conteste.
Relato erótico enviado por putita golosa el 29 de August de 2010 a las 23:31:22 - Relato porno leído 513583 veces